Una responsabilidad ineludible

Enviado por admin el sáb 25 de jul de 2015 a las 15:57

Estudios BioiglesiaLa misión y las iglesias locales primitivas Melvin Hodges escribió: “La Iglesia es el agente de Dios en la tierra, el medio por el cual él se expresa al mundo. Dios no tiene ningún otro representante redentor en la tierra.” No sólo tiene la iglesia la responsabilidad de la Gran Comisión (Mateo 28:19-20, Marcos 15:16, Lucas 24:47-48, Juan 20:21, Hechos 1:8), sino que al ser el Cuerpo de Cristo, es el vehículo por el cual la Cabeza cumple sus propósitos sobre la tierra (Efesios 3:10). Y así, como el Cuerpo de Cristo en sus localidades, las iglesias locales lógicamente comparten unas con otros la responsabilidad dada a la iglesia entera.

Un hecho que se puede observar durante la expansión inicial de la iglesia es la cantidad de veces que la iglesia en Jerusalén encomienda a ciertos representantes que verifiquen la obra del Espíritu Santo en la apertura de una nueva fase de la misión cristiana. Cuando Felipe llevó el evangelio a Samaria, los Apóstoles en Jerusalén enviaron a Pedro y a Juan a investigar la situación (Hechos 8:14). Cuando Pedro es usado para llevar la salvación a Cornelio y a los de su casa, los creyentes de Jerusalén le pidieron cuentas (Hechos 11:1-4). Cuando unos hombres de Chipre y Cirene llevaron las buenas nuevas a Antioquía y la noticia de esto “llegó... a oídos de la iglesia que estaba en Jerusalén,” enviaron a Bernabé (Hechos 11:22).

Por encima de cualquier otra dinámica operante en estas situaciones, podemos por lo menos concluir que la iglesia ya existente se sentía responsable de la iglesia que se estaba formando. Después de todo, fue a los primeros en creer a quienes se les encomendó la comisión. Y este sentido de responsabilidad funcionó tanto de manera positiva como negativa. Por un lado, la iglesia de Jerusalén nombró a ciertas personas para que representaran sus intereses en otros sitios. Por otro lado, no dudó en condenar a aquellos que salieron sin su autorización y predicaron un evangelio falso (Hechos 15:24).

Alguno quizás insista en que esta situación es especial (y por lo tanto con ningún valor para nosotros hoy) porque se trata de los Apóstoles originales, quienes dirigían esta actividad en la irrepetible primera expansión de la iglesia. Lo que yo encuentro fascinante, sin embargo, es la progresión de términos usados en los pasajes mencionados arriba. En Hechos 8:14, son “los apóstoles” quienes enviaron a Pedro y a Juan. En Hechos 11:1 son “los apóstoles y los hermanos que estaban en Judea” quienes oyeron que los Gentiles habían recibido la palabra de Dios, y es a ellos a quienes Pedro explica sus actos. En Hechos 11:22 la noticia de las conversiones de muchos en Antioquía “llegó... a oídos de la iglesia que estaba en Jerusalén.” De manera creciente, la comisión dada en persona a los Apóstoles por el Señor pasó a ser propiedad de la iglesia, y en este caso de una iglesia local en concreto: la iglesia en Jerusalén.

De manera similar, una vez que se estableció la iglesia de Antioquía, ella también se hizo responsable de hacer avanzar la misión. Mientras que fue el Espíritu Santo quién indicó que quería a Pablo y a Bernabé para el ministerio misionero, fue la iglesia la que les encomendó (Hechos 13:2-3). Además, Pablo y Bernabé sintieron su responsabilidad ante la iglesia encomendadora. Al finalizar cada uno de sus viajes, volvieron a Antioquía para informar de su labor (Hechos 14:26-27, 18:18-22).

Más allá de estas situaciones “encomendadoras”, lo que espera el Apóstol Pablo es que las iglesias locales asuman la responsabilidad de difundir el evangelio por el mundo. Por lo tanto, en cuanto a su viaje a España, él informa a la iglesia de Roma que espera “ser encaminado hacia allá por vosotros” (Romanos 15:24). El da las gracias a los Filipenses por su “participación en el evangelio” (Filipenses 1:5). Después, en esa misma epístola, al agradecerle a los Filipenses la colaboración a su obra, lamenta que “Cuando partí de Macedonia, ninguna iglesia participó conmigo en razón de dar y recibir, sino vosotros únicamente” (Filipenses 4:15). Si la expansión de la iglesia no fuese la responsabilidad de estas congregaciones locales, Pablo no tendría ningún derecho a esperar tal ayuda.

 

¿Sólo obra pionera?

Muchas iglesias hoy en día entienden esta responsabilidad a la hora de enviar misioneros transculturales. Entienden que su misión es ver que se inicien movimientos de iglesias en regiones del mundo donde tales movimientos no existen. La mayoría estarían de acuerdo en enviar misioneros, entre otras razones, porque es simplemente imposible que una iglesia haga esta labor directamente ella misma cuando las distancias geográficas y culturales son grandes. Si nosotros no podemos ir, enviamos a un representante a que inicie nuevas iglesias. ¿Por qué lógica, entonces, cuando la tarea es local, fallamos tantas veces en sentir la misma responsabilidad? Exactamente la misma misión que percibimos que es lo suficientemente importante como para enviar a gente comisionada a alto coste a iniciar por nuestra cuenta al otro lado del mundo en otra cultura, muchas veces no estamos dispuestos a continuarla a un coste comparativamente bajo en nuestra propia cultura. Nuestra responsabilidad es discipular las naciones, y eso incluye la nuestra. Además, es una responsabilidad que sólo se puede cumplir totalmente por la multiplicación de congregaciones.

A esta alturas, muchos quizás digan que de la misma manera que comisionamos misioneros para que hagan esta labor en otra cultura de nuestra parte, así también en nuestra propia cultura podemos encomendar que nos hagan esta labor. Podríamos, por ejemplo, apoyar a un obrero de nuestra denominación para que trabaje localmente como fundador de iglesias. En otras palabras, podríamos hacer uso de estructuras paraeclesiásticas para saldar nuestra responsabilidad.

En este contexto, Howard Snyder ha hecho una distinción que yo encuentro pertinente. “Mientras que la iglesia es el agente de Dios en la evangelización, las estructuras paraeclesiales dinámicas pueden ser el agente del hombre en la evangelización, útil en las manos de Dios para la mayor y más efectiva propagación del evangelio.” La iglesia es el agente de Dios y, por consiguiente, la iglesia tiene la responsabilidad de la misión. Sin embargo, la manera en que la iglesia se organiza para llevar a cabo esa responsabilidad es otra cuestión. En esto, bajo la dirección del Espíritu, hay lugar para adaptarse a las necesidades del momento.

Sin embargo, habiendo dicho esto, sigue siendo mi convicción que alcanzaremos nuestros objetivos con mayor eficiencia si reducimos el número de entidades intermediarias que establecemos entre la iglesia haciendo misión y la iglesia fundada por esa misión. Esta afirmación esta respaldada por el hecho de que, como regla general, cuando es posible, los proyectos de implantación de iglesia con mayor éxito suelen ser aquellos que comienzan con un núcleo de iglesia considerable desde un principio (o sea, una iglesia completa, aunque embriónica), y crecen desde ahí. En otras palabras, “semejante” produce “semejante” mejor y de forma más natural. ¿Por qué crear “no semejantes” innecesarios que luego tendrán que pasar por una etapa de mutación antes de volver a ser “semejantes” otra vez? Donde no existen exigencias que obliguen al uso de intermediarios (como por ejemplo distancia geográfica y cultural), lo mejor es que una iglesia se reproduzca directamente.

 

Un reto para la iglesia

Saturar el mundo con iglesias locales es el medio crucial para cumplir con nuestro cometido. Afortunadamente, al iniciar el siglo XXI hay muchos que han llegado a la misma conclusión.

Donald McGavran, el “padre” del movimiento de iglecrecimiento, al finalizar su vida dijo a Jim Montgomery, fundador de DAWN Ministries, “Ya no lo llames “iglecrecimiento”. ¡Llámalo, “multiplicación de iglesias!” Dos semanas antes de su muerte, agregó, “La única manera en que conseguiremos cumplir la Gran Comisión es fundar una iglesia en cada comunidad del mundo.” Si esto se lograra, cada persona estaría al alcance de una congregación de fe que no solamente hablaría su idioma, sino que también compartiría su cultura.

David Hesslegrave, escribiendo sobre “El corazón de la misión cristiana,” dice:

La misión primaria de la iglesia y, por lo tanto, de las iglesias es proclamar el evangelio de Cristo y congregar a los creyentes en iglesias locales donde pueden ser edificados en la fe y hechos efectivos para el servicio, plantando así nuevas congregaciones por todo el mundo. Claro que hay muchas otras tareas de importancia para ser llevadas a cabo por los creyentes cristianos tanto individual como corporativamente. Pero pocos de estos otros objetivos serán realizados si no se añaden nuevos creyentes a las iglesias locales, si no se añaden nuevas iglesias locales a la iglesia universal, y si las iglesias ya existentes no crecen a la plenitud de Aquel que es su Cabeza (énfasis de Hesslegrave).

Es por esta razón por la que veo tan interesante la nueva dirección y energía aportada al movimiento de iglecrecimiento por el Desarrollo Natural de la Iglesia. Une, de manera inseparable, la salud de la iglesia con su crecimiento y multiplicación. No es cuestión de perseguir el crecimiento numérico como algo aparte de buscar la madurez espiritual de la iglesia. Y no es cuestión de escoger entre el crecimiento numérico o la multiplicación de congregaciones. Visto desde una perspectiva orgánica, la salud, de forma natural, lleva al crecimiento, y el crecimiento a la reproducción. Desde la óptica de la creación, se ha vuelto a descubrir un valor que hemos visto en las páginas del Nuevo Testamento: una eclesiología de multiplicación.

El problema potencial de muchas iglesias es que, al tener la capacidad económica para “ensanchar la paredes” de su local de reunión, lo único que persiguen es el crecimiento ilimitado. De esta manera, la división y multiplicación natural que vemos en el Nuevo Testamento, por virtud de espacio limitado, queda excluida. Es posible crecer “infinitamente”, y como consecuencia, es fácil suponer que nuestra responsabilidad con la Gran Comisión en nuestra zona ha quedado saldada simplemente con agregar más conversos a nuestras iglesias existentes.

Pero el modelo del Nuevo Testamento es un modelo de reproducción. No sólo de un creyente reproduciéndose al guiar a otra persona a Cristo, sino de una iglesia dando a luz a otra. Es un modelo que genera crecimiento geométrico, y no crecimiento meramente aritmético. La triste realidad de grandes sectores del movimiento evangélico es que nos hemos conformado, en demasiados casos, sólo con el éxito de añadir más individuos a nuestras iglesias, en vez de perseguir el éxito de saturar nuestras naciones con comunidades de fe donde cada hombre, mujer y niño pueda encontrar fácil acceso al evangelio de vida.

La multiplicación de iglesias no es sólo un principio para misioneros en otras partes del mundo. Es un principio para cada iglesia en cada pueblo del mundo. Es un principio con validez universal. Es un principio neotestamentario.


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Una razón implícita: El modelo bíblico supone la multiplicación de las iglesias fundadas

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