Más evangelio y menos manipulación

Enviado por admin el vie 24 de abr de 2015 a las 17:41
Marcos Vidal

por Marcos Vidal

Me aturde mucho constatar cómo en el mundo occidental y cada vez más en muchos otros países, se ha ido abriendo hueco un mensaje claramente orientado hacia lo material, lo perecedero, «lo que hoy es y mañana no es…».

Tomando versículos sacados de contexto, como por ejemplo 3 Juan 1.2, una simple y educada salutación de carta en la que Juan dice: «Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma», se predica y proclama la importancia de un modelo de vida cristiana próspera en lo material, totalmente fuera de enfoque.

Entre otras cosas, y por poner un simple ejemplo de tantos que podríamos poner, Jesús dijo: «No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón» (Mateo 6.19–21). Siendo estas palabras tan claras y viniendo de la boca del mismo Jesús ¿cómo es posible que eso que llaman «evangelio de la prosperidad» haya generado tanto debate entre los cristianos? ¿Cómo es que perdemos un solo minuto con el tema?

Más evangelio y menos manipulación

Si nuestra guía es la Palabra de Dios, ¿cómo pueden algunos siquiera insinuar que nuestro caudal económico en la tierra es sintomático de nuestra espiritualidad, y armar toda una teología disparatada de la riqueza material, cuando Jesús dijo exactamente lo contrario?: «La vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee» (Lucas 12.15). ¿Cómo es posible que los cristianos permitamos que una idea peregrina que se le ocurrió de pronto a alguien y que contradice ni más ni menos que a Jesús, penetre y se adueñe permanentemente de los púlpitos, sustituyendo en muchos momentos al mensaje fundamental de la salvación, y generando además confusión y división entre los creyentes?

Yo no digo que no puedan existir cristianos ricos o que haya que ser necesariamente pobre para agradar a Dios, ambas cosas me parecen un error y ni siquiera estoy interesado ni necesito profundizar mucho en el tema. La Biblia habla por sí sola. Lo que yo pediría es más fundamento bíblico y menos fábulas. Las vivencias de un telepredicador en un país desarrollado y de trasfondo cultural cristiano no tienen nada que ver con las de un misionero en un país musulmán, por ejemplo. Las particularidades en la vida de un líder con talento de empresario, con mentalidad comercial, con una mega-iglesia y con conexiones políticas en un país, no se parecerán mucho a los pormenores diarios de un pastor que trabaja entre indigentes o jugándose la vida a diario camuflado entre mafias de prostitución, en otro país o en el mismo. Son mundos diferentes. Que nadie nos venda experiencias circunstanciales como doctrina bíblica. Menos anécdotas personales y más predicación de la Verdad inmutable, esa que nos hace libres. En pocas palabras, más evangelio y menos manipulación.

Y en ese sentido, este tema de la prosperidad ha alcanzado unas cotas de manipulación espantosas. Si el apóstol Pablo levantara la cabeza nos diría un par de cosas no muy bonitas. Porque este asunto es precisamente uno de los que traen más vergüenza al cuerpo de Cristo. En lugar de inventar interpretaciones rebuscadas y retorcidas de ciertos pasajes bíblicos para apoyar un estilo de vida opulento, ¿por qué no dejamos que la Biblia hable por sí misma? Precisamente Pablo, el gran apóstol al que algunos citan como paradigma de la prosperidad, es un hombre que vivió más veces con el agua al cuello que caminando sobre las aguas. Basta con leer el capítulo 11 de 2 Corintios. Como botón de muestra, un par de pasajes: «No lo digo porque tenga escasez, pues he aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación. Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece» (Filipenses 4.11–13).